Frases de amor no románticas

Te preparo café 

Ya compré los pasajes 

Tú solo encárgate de la música

No me levanté para no despertarte 

Avísame cuando llegues

¿Ya comiste? 

Estoy llegando, qué te llevo 

Te preparo tu almuerzo para mañana 

Me encanta cómo te vistes

Te hice un playlist

Paso por ti

Si te gusta, vamos

Si te gusta, lo compro

Te espero

Te llevo almuerzo y pastillas (para resfriado)

Te hago masajes (así no me gusten)

Te dejé una sorpresa abajo

Esta canción me hace acordar a ti

Hoy me acordé de ti

Cómo estás

Vamos a caminar

Si no quieres salir nos quedamos

Te recojo a cualquier hora

Esto te va a gustar

To be continued

Frases de amor no románticas

Más vale que no tengas que elegir

“Más vale que no tengas que elegir entre el olvido y la memoria”

Es parte de una canción del español Joaquín Sabina. Me encanta. Escuchando la canción pienso en la memoria que es nuestro disco duro y luego están los recuerdos. Que finalmente son interpretaciones de las escenas que armamos de lo que recordamos. La emoción que sentíamos en ese momento influye en cómo es ese recuerdo. Cómo llega el evento a nuestra mente. A nuestro corazón.

Y decidí recolectar algunas escenas. Algunas aventuras. Momentos de esos años cuando el único propósito de vida era pasarla bien. Hablo de los años ochentas básicamente.

Años en los que jugaba en la calle sin temor a que me secuestren.

Años en los que la música se quedaba en la memoria. Todas las letras. Todos los ritmos. Compraba y aprendía los cancioneros. Que eran folletos impresos en blanco y negro con las letras de las canciones de moda. Y los vendían en el quiosco de la esquina, junto a los periódicos.

Vivía en un edificio de solo ocho departamentos.

Aquí habitaban los personajes de los cuentos y las historias más emocionantes: mi mejor amiga (hasta el día de hoy), una bruja, unos seres misteriosos, un político, un dentista, una estilista y nueve niños incluyendo a mi mejor amiga y a mi.

Cuando jugábamos a Los Magníficos yo interpretaba a Murdoch, el espacio de se podría decir el lobby del edificio que era bastante pequeño, antes de las escaleras, era nuestro cuartel. Ahí planeábamos cómo atacaríamos al enemigo. Ahí también llegaba ese enemigo y echaba gases tóxicos que nos tiraban al piso ahogándonos y tratando de alcanzar la salvación. Que era la caja eléctrica. Si llegábamos a abrirla nos salvábamos.

Compartíamos escenario con Los Ángeles de Charlie, Miami Vice, El Super Agente 86 y también algunas veces ese lobby se volvía en el condominio de Barbie y sus múltiples novios.

Solo eran cuatro pisos en el edificio y habían días que lo convertíamos en una fábrica de hojas. Un balde amarrado con una soga, hojas de eucalipto y alguien que reciba el balde era suficiente. En un piso lavábamos las hojas, las metíamos al balde. Y el balde subía gracias a alguien que jalaba de la soga al otro extremo. Ese alguien también lo bajaba vacío. Y se repetía la acción. Una y otra vez.

Teníamos un club.

No recuerdo qué hacíamos. Había una mesa construida con tablas. Hojas. Colores. Y una presidenta. Sí, mi hermana mayor era la presidenta. Y también la tesorera. Solo Dios sabe qué hacía con lo qué recolectaba.

Vendimos limonada obviamente. Quién no ha vendido limonada en la vereda. A los transeúntes que amablemente cedían ante nuestro relato y colaboraban con el emprendimiento.

Jugábamos Matagente, Bata, Siete Pecados, Policias y Ladrones.

Salíamos con las bicicletas a encontrarnos con los chicos vecinos. Con los guapos. Pero a veces nos intersectaban los malos del barrio. Era febrero, carnaval y globos de agua. El terror. Yo podía entrar en pánico extremo si veía globos de agua. Y paseando en la bici, lo vi venir. Era el amigo del gordo. Ni idea cuál era su nombre. Ni el suyo ni el del gordo. Di la vuelta para avisar a los compañeros y manejé a toda velocidad gritando:

¡Ahí viene el amigo del miserable gordoooooooooo!

Todos corrimos hacia el interior del edificio para mantenernos a salvo y este salvaje con otros de su pandilla empezaron a lanzar los globos de agua dentro de los departamentos más bajos que evidentemente por el calor, estaban con las ventanas abiertas.

Pero cuando nos cruzábamos con los chicos guapos, otra era la historia. Recuerdo que nosotras íbamos. Ellos venían. Todos en bicicletas por el medio de la pista. Y cuando pasa uno de los chicos a mi lado, me dice: “Amorosa”. Que palabra para más rara en esa circunstancia. Pero claro que emocionada hasta las lágrimas.

Lo más osado que hicimos con mi amiga era comprar en la ferretería un spray y escribir en las paredes de San Isidro, un barrio o distrito donde hacer eso era casi delincuencial. Me parece que escribimos “Te Amo Julito”. Nunca sabremos si se enteró de nuestra declaración de amor.

Ya un poco más grandes nos llevaban al Club El Bosque. Debe haber sido la época en que conocimos más chicos. Los retábamos a mini partidos de basquet o quinelas. Ganábamos siempre y ellos invitaban las cremoladas.

Los retábamos a que suban a las abejitas. Un subibaja que daba vueltas y los asientos eran abejas. Se subían pensando era un juego de niños, pero se convertía en una escena de terror cuando les dábamos vueltas con todas nuestras fuerzas y luego nos lanzábamos al jardín mientras gritaban que por favor paremos.

Júgabamos NAM. Una serie de guerra. La canción era Paint it Black de The Rolling Stones. Rodábamos por los jardines, nos metíamos entre los bungalows con armas que ahora mismo mientras escribo no recuerdo si eran juguetes o eran imaginarios, solo con nuestros brazos. Creería que lo segundo.

Extraño esos juegos.

Más vale que no tengas que elegir

Entre Perfect Days y Sex and the City

Entre poner de cabeza el celular y escribir a todos los chats. Entre mirar el cielo y scrollear eufóricamente.

A veces estoy así, en extremos. A veces al mismo tiempo y un extremo le habla al otro. Oye pero qué te pasa que no haces algo. Pero para ya de perder el tiempo. No hagas nada. Descansa. Recarga. Y quién te dijo a ti que puedes descansar con todo lo que hay por hacer en esta vida. En tu hermosa vida.

Y está bien, porque cada minuto la cosa cambia.

Sí, así como cambia la tecnología.

Por eso a veces me extraña cuando me dicen ‘pero si a ti no te gusta esto’, ‘ese chico no es tu tipo’, ‘como que te pusiste short, de cuándo acá’ —— Y me extraña, porque es un poco obvio que la vida es un constante cambio. Pero pasa que sí miras desde fuera a alguien más, crees que debe quedarse como lo conociste. Y si a tu amiga le gustaron morenos siempre, pobre de ella que ahora se fije en un rubio pálido.

Si vieron ‘Perfect Days’ habrán sentido esa nostalgia por la tranquilidad. Por lo análogo. Por lo simple. Por tener la capacidad de elegir cómo quieres vivir. Por sentir. Y eso no significa que no quiera ser también Carrie Bradshaw comprando Manolo Blahnik y migajear de vez en cuando. Al final todo es posible. Ya depende de ti. No tienes que ser la misma persona todo el tiempo. Haz los cambios que quieras. Como diría mi amiga Mel: ‘hechas mierda de cansancio, pero lo importante es que estamos haciendo algo, amiga’ – 

Bueno, algo así.

Entre Perfect Days y Sex and the City

La vida no es corta

Y es más que probable que hayas escuchado decir lo contrario. Y varias veces. Varias veces. Y no es corta. Es que no la usas cómo deberías. La derrochas. La malgastas. No la disfrutas.

Claramente hay excepciones. Como en los terremotos, desastres naturales que no avisan. Y si alguien muere niño, joven. Se puede decir que su vida fue corta. Pero aún así, si la vivió bien, probablemente se vaya de este plano, satisfecho. Porque si te pones a pensar, quien muere no racionaliza que ha muerto o cuánto tiempo vivió, pero sí sabe mientras estuvo en vida, cómo le ha ido con ella. La famosa y manoseada ‘calidad de vida’. 

¿A qué viene toda esta filosofía?

Llega por el gentil auspicio de Séneca y su libro Sobre la brevedad de la vida dónde menciona algo parecido: La vida no es corta, es que tú la malgastas. Y me pareció genial darle la contra a todos los que dicen que la vida es corta. Todo depende desde dónde lo digas.

Entonces qué hacemos.

Empezar a vivir si crees que puedes hacerlo mejor.

Empezar a vivir la vida que quieres, mejor dicho.

Empezar a dejar el automático.

Empezar a incomodarte más.

Empezar a ver la otra parte del mundo que no veías.

Empezar a hacer lo que te gusta.

Empezar a hacer lo que no te gusta.

Empezar a aprender cosas nuevas.

Empezar a visitar más la naturaleza.

Empezar a decirle más ‘no’ a tus amigos.

Empezar a decirle más ‘sí’ a tus amigos.

Empezar a moverte más.

Empezar a leer más.

Empezar a escuchar música nueva.

Empezar a combinar más colores.

Empezar a descontrolarte más.

Empezar a dejar el control.

Empezar a trasnochar de vez en cuando.

Empezar a dormir temprano de vez en cuando.

Empezar a cambiar de ruta.

Empezar a viajar.

Empezar a probar nuevas comidas.

Empezar a conocer nuevas culturas.

Empezar a hablar con desconocidos.

Empezar a preguntar cómo estás.

Empezar a ahorrar energía (tu energía).

Empezar a equivocarte.

Empezar a alejarte.

Empezar a inventar más.

Empezar a atreverte.

Empezar a soltar.

Empezar a bailar más.

Empezar a rechazar.

Empezar a no esperar el fin de semana.

Empezar a no esperar que cambie.

Empezar a reirte mucho más.

Empezar a escribir.

Empezar.

La vida no es corta

No hay nostalgia peor

Hoy no era como todos los días. El sol quemaba más. Y solo cinco nubes, muy grandes y alegres cubrían todo el cielo de Cusco. Sentí algo especial, una intuición como de esas que ya no se tienen tanto. Positiva.

Ya eran las diez de la mañana cuando llegó el primer grupo del día. Y la tienda estaba en mes de apertura. 100% baby alpaca. Suave. Calidad de exportación.

-Jaime, hoy es un gran día.

Me dije mientras recibía a este grupo de turistas. Las puertas abiertas tanto como lo estaban mis brazos y mi sonrisa.

Ella fue la primera en entrar. Pequeña, delgada, pelo largo, ondeado color caramelo. Podía imaginar el olor a frutos secos de su pelo. Sus ojos, inmensos como una luna llena en cielo despejado. Me miraron. Y yo los miré como nunca había mirado a nadie en mi vida. Diciéndole que se quede conmigo, que vivamos en la montaña, lejos de la ciudad.

Y no sé si pudo leer lo que decían mis ojos, pero en ese momento se acercó a mi. Me preguntó por una pashmina. Colombiana. Me lo dijo su acento y esa voz que alborotaba todos mis sentidos.

-Esta me encanta. Le va perfecto a todo. Es tan suave. Seguro que me durará mucho tiempo.

Apoyé la pashmina sobre sus hombros y le dije que le quedaba perfecto.

La compró y se fue corriendo porque la dejaba el grupo. Salí a la puerta y en ese momento mientras la veía subir al bus, sonaba en el auto de al lado una canción de Joaquín Sabina. Esa letra, esa canción, ese momento jamás se me olvidó, así ya hayan pasado once años desde aquel encuentro.

´No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió’

Grande Joaquín.

No hay nostalgia peor

La promesa. Lima, 2015.

-Esa cicatriz te delata

-¿Cómo?¿Qué?

-Puedo jurar eres Joaquín

-Sí que yo sepa, sigo siendo Joaquín y tú quién eres…

-Mírame bien

-Sí, me eres muy familiar

-Y es que eramos casi familia, acuérdate… ¡chato bajaaaaa!

-Toto, ¡Toto! eres tú, claro que eres tú pero calvo jaja.

-Joaco, si no fuera por esa marca de la sacada de mierda con la bici, no te sacaba.

-Y tú, te desapareciste como si te hubiera tragado la tierra.

-Sí pues, me acuerdo la última vez que nos vimos fue en tu cumpleaños, a los diecinueve. Tremenda borrachera.

-¿Qué te pasó? ¿Dónde estabas? ¿De dónde saliste? Sabes que justo en la época que despareciste, también nos enteramos de la desgracia de Laura, la del piso cuatro en el edificio ¿Te acuerdas de ella? ¿Supiste que murió? Todos estuvimos en el velorio menos tú.

-Huevón, me fui a estudiar fuera. Por el terrorismo y que todo el Perú estaba movidazo, por eso mis viejos me mandaron con mis tíos a Houston.

-Sí, tus papás algo me dijeron, pero no me dieron mucha info. Y luego se mudaron y también perdimos contacto. Rarazo todo ese año, pero bueno, en esos tiempos sin internet, ni redes sociales, era más normal perderse.

-Bueno chato, ya estoy por aquí, después de treinta años y mira dónde te vengo a encontrar, en un supermercado. Ya estamos viejos.

-Viejos ni cagando, pero cuéntame por qué te fuiste tanto tiempo y sin comunicarte.

-Nada, estaba metido en mis business… Oye y te acuerdas ¿Cómo era eso qué hacíamos como un juramento, como una promesa entre nosotros?

-Asu, no me acuerdo.

-Era cada vez que alguno hacía algo malo, algo que nadie se podía enterar, y menos nuestros papás. Todo quedaba entre nosotros.

-Sí, en eso me ganabas, yo era el que más guardaba todos tus secretos, en mucha huevada te metías.

-Ya me acordé. Con la mano en el pecho, nos mirábamos sin parpadear diez segundos y luego decíamos: ‘¡queda entre nosotros!’

-Ya me acordé, ‘¡queda entre nosotros!’, sí.

-A ver, hagámoslo.

-No friegues Toto, mejor quedemos en tomar unas chelas para ponernos al día.

-Hagámoslo.

-No Toto, para qué.

-Hagámoslo pues huevón. Que nuestro encuentro no sea en vano.

-Habla, cuándo puedes salir, ¿este fin de semana?

-Hagámoslo pues.

-Qué pesado te pones, mierda. Y además con esa cara de loco.

-Hagámoslo al toque.

-Ya me tengo que ir.

-Te quedas.

-Suéltame Toto, ya te estás pasando.

-Hagámoslo.

-Ya, ya y no me jodas más. 

– Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno…

– ¡Queda entre nosotros!

– Yo maté a Laura.

(Ficción. Ejercicio con diálogo directo.)

La promesa. Lima, 2015.

Estiramiento

Era un sábado soleado en Lima, por la mañana y como de costumbre, salgo a caminar por el malecón. Estaba por el distrito de Miraflores y bajé por un caminito hacia el llamado ‘Parque de la Juventud’. Este parque o espacio más que parque, está especialmente diseñado para deportistas, jóvenes aparentemente. 

No soy ni deportista ni tan joven como la edad me imagino pensaron cuando se les ocurrió poner el nombre, pero claro que tengo el ingreso permitido. Fui directo a las barras para colgarme y estirarme. Es desestresante al máximo. Además de relajar el cuerpo, entiendo que ayuda a la columna y más allá. Por ahora es lo único que puedo hacer en este parque. Además de sorprenderme con la fuerza y agilidad de ciertos hombres (el 99% son hombres por algún motivo) que vienen a realmente hacer uso del espacio. Y qué mejor que frente al mar. 

Los que son de mi generación habrán visto la serie de Maxwell Smart el Agente 86. Y si recuerdan y eran super fanáticos como yo, hay un capítulo que ‘Kaos’ captura a Max. No recuerdo si también a la 99 o al jefe, pero había alguien más con él. Y los empiezan a torturar para que hablen. 

La tortura era en unas máquinas. Amarrados de brazos y piernas, los empiezan a estirar. Así como yo en mis barras miraflorinas. Y Max, más allá de sufrir y decir lo que ‘Kaos’ quería lograr con semejante tortura, era disfrutarlo. 

-Pueden ponerlo más fuerte por favor.

Bueno, parece que sentí lo mismo que el Super Agente 86.

Luego de mi intermedio de estiramiento en plena caminata, entro al baño antes de subir y seguir mi camino y me cruzo con una chica muy jovencita que se graduaba de alguna escuela y sale del baño con un vestidito blanco, bien peinada, algo maquillada y especialmente producida para las fotos que suelen hacer en estos eventos. Aprovechan el escenario natural del mar para tomarse fotos. La chica sale del baño mientras yo entraba. Su papá la esperaba afuera. 

-Papito ya estoy, agarra esto, le dice entregándole su casaca.

Y ya lista, suben juntos para la foto. 

Me acordé de mi papá, cuando yo tenía cinco años, estaba en kinder. Me metieron a clases de ballet y tap. Así que mi papá me recogía del kinder y me llevaba a las clases. Al llegar al cole, entraba al baño para cambiarme con mi tutú rosado y un moño en el pelo con una malla rosada también. Me alistaba y nos íbamos a las clases.

Mi papá me recogía y me llevaba a todos lados.

Escuchando salsa en el auto, hasta que crecí y escuchábamos Radio Doble 9 y me decía que era rock fuerte, que estaba bueno. No sé si realmente le parecía bueno o quería complacerme.

Estiramiento

No eres tú, es el personaje.

¿Alguna vez te confundiste?

Dónde está esa delgada línea entre tu vida real y tu personaje.

Me pasó que estaba en un taller, en una de las clases del taller con Alonso Cueto, un reconocido escritor peruano. Muy capo.

Y bueno, tengo la buena suerte de estar aprendiendo con él. En realidad suerte no fue. Fue mi amiga que me pasa el dato, averiguo y me inscribo. Así va la vida. Causa y efecto. Una cosa lleva a la otra. Pero vamos a ver qué es lo que pasó en este taller.

Estamos analizando mi futura novela. Intercambiando ideas, consejos.

Cuando le respondo a una de sus sugerencias.

-Claro, es que yo estaba caminando mirando a la nada y entonces bla bla…

Me interrumpe y dice

-Tú no. No eres tú. Es tu personaje.

Y boom. No se por qué pero me impactó mucho esa frase. Claro, yo muy metida en mi personaje, que como está basado en parte de mi vida, me la creía que era yo. Y nada más irreal, es mi personaje, creado por mi, pero no soy yo.

Y me quedé pensando. Cuántos personajes se pueden crear en la vida real. Somos muchos en uno. Actuamos distinto según la ocasión, nos adecuamos al escenario. Entonces, ¿en realidad soy yo? Me mandé una fumada imaginaria jodida. Porque pensé en mi, en Karina Higashi, con nombre y apellido. Y luego pensé en mi otra vez, con otro nombre y otro apellido: Stella Gallo. Que al ser mi segundo nombre y segundo apellido, legalmente también soy yo. Pero en mi rol de (futura) escritora.

Repito. Una fumada imaginaria jodida. Que me animo a creer que esa fumada, escrita en este blog, se siente más light. En fin, toda esta situación me obligó a preguntarle a mi terapeuta.

Qué tan peligroso es que sea yo pero dos veces y dos personas semi distintas. ¿Estoy camino a algo grave?

La verdad es que sonrió y me dijo que esté tranquila. Que todos tenemos dos o más roles en la vida y eso está bien, es lo normal. Solo que yo le estoy poniendo una marca, un nombre a mi rol de escritora. No es que me esté desdoblando o empezando a multiplicar mis personalidades. No va por ahí.

Uff.

No eres tú, es el personaje.

Viernes

Hoy te extrañé baby.

La pasé muy bien y también te extrañé.

Hay noches de fin de semana que ni siquiera me acuerdo de ti

o solo en una canción en especial.

Pero esta noche

Me acordé con OMD, Enola Gay cuando en el concierto me decías ‘qué flaquito y baila como hace treinta años’.

Me acordé con videos que nunca había visto y tú me decías que cómo no los había visto, que qué veía en los ochentas y noventas. Que era una nerd que no había visto nada.

Me acordé cuando te querías ir y yo me molestaba porque quería seguir bailando.

Y llegando a casa, limpiando el maquillaje con miles de algodones con agua micelar y jabón líquido con ácido hialurónico y centella asiática, me pregunto: 

¿Con qué eliminaba el maquillaje en los noventas?

Viernes

¿Eres tú?

Llegaba a casa, algo cansada de estar todo el día fuera. Me saco los zapatos, la ropa, para ponerme literalmente cómoda. Limpieza de rostro y toda la rutina de noche que haría toda mujer que sigue los cuidados que la vida a gritos y empujones le ha obligado a seguir religiosamente.

Miro mi teléfono para escuchar y leer los últimos mensajes antes de echarme a leer o escribir como ahora. 

– Amiga mira, tú debes conocer esta marca y saber cuánto cuesta este saco.

– Pues así es, compré uno y está alrededor de los cien dólares, quizá alguito más. Pero es lindo. Es diferente. Amor a primera vista. 

Y si te enamoras no vas a estar midiéndote en el precio. Así funciona.

Dicho esto, mi amiga y yo nos vimos envueltas en un ida y vuelta de mensajes que bordeaban lo filosófico. Salió todo un ‘Backrooms’, edición moda.

¿Qué pasó?

Llegamos a la conclusión que en Lima no había ropa buena, diferente y a precio decente. Probablemente nos falte buscar, caminar calles, entrar a todas las tiendas, olfatear hasta encontrar. El que busca encuentra, dicen.

Me quedé pensando y llegué a una triste conclusión. Que en realidad la ropa que uso es la que puedo usar, la que buenamente me ofrecen marcas como Zara, H&M, algunos viajes y tiendas que aparecen de buena fe, en algún momento. Como diría el gran José José: ‘Uno no es lo que quiere si no lo que puede ser’. Y mi poder adquisitivo ahora me dice que puedo ser una chica Zara, con sus variantes.

La ropa muy cool y creativa es muy cara y no es para comprar al día a día.

Y eso me llevó a pensar.

Eso es el mundo, eso es lo que vives. Traslada tu existencialismo de mediana costura a la vida en sus diferentes aristas y puedes encontrar semejanzas. La ‘vida’ te llevó a ese trabajo. La ‘vida’ te llevó a ese depa. La ‘vida’ te llevó a ese distrito. A ese chico. A esa amiga. A esa música. A ese vino. A tus hijos. A la falta de hijos. Al país dónde vives. La vida te lleva y te lleva y tú vas aceptando el paseo según tus posibilidades.

Sí claro, está la determinación, el libre albedrío y demás etcéteras. Pero creería que tienen un porcentaje muy pequeño de participación, por más que quieras creer y aparentar lo contrario.

Están los presidentes. Los primeros mundos. Los papás. El Instagram. El TikTok. Todos moldeándote de a poquitos. Poniéndote capas y máscaras.

Pregúntate ¿eres tú? ¿soy yo?

Es buen ejercicio.

Y cómo terminó la conversación con mi amiga.

-Qué vengan de una vez los extraterrestres y nos lleven.

-Exacto. Que vengan.

¿Eres tú?